miércoles, 14 de abril de 2010

Textos que se leyeron en la presentación "Ellos dos" de Patricia de Souza por Ana Clavel y Yuri Herrera


"Ellos dos"  de Patricia de Souza
Ana Clavel

Hay escritores y escritoras que escriben sobre el mundo y sus veleidades. Escrituras que salen de sí y exploran el horizonte para contarlo o recrearlo. A esa saga pertenecen plumas tan variadas como la de Jules Verne, cuya Vuelta al mundo en 80 días me puso a mí a girar por primera vez, a los once años, en el universo deslumbrante de la palabra y la ficción que lo mismo zarpa en un vapor, que surca los aires en un globo aerostático, que se trepa a una locomotora en una literatura de viaje y aventuras.
Pero hay otros libros que son más intimistas y recrean sobre todo el mundo interior de los personajes en una inversión de lo novelesco objetivo canónico. Un ejemplo notable que recuerdo de este otro tipo de escritura es La muerte en Venecia de Thomas Mann, que recrea el punto de vista de un hombre maduro deslumbrado por la belleza de un adolescente, en una suerte de canto agónico de la vida que se escapa como una herida irremediable.
Hay otras escrituras que son todavía más intrínsecas, más vertidas sobre sí mismas, que hacen de la escritura su objeto novelesco. Cómo no recordar entonces el comienzo de El grafógrafo, de Salvador Elizondo, cuando escribe: “Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía. Y me veo recordando que me veo escribir y me recuerdo viéndome recordar que escribía y escribo viéndome escribir que recuerdo haberme visto escribir que me veía escribir que recordaba haberme visto escribir que escribía y que escribía que escribo que escribía. También puedo imaginarme escribiendo que ya había escrito que me imaginaría escribiendo que había escrito que me imaginaba escribiendo que me veo escribir que escribo…”
En este acto solipsista de la escritura hay una variante desarrollada especialmente por escritoras que me lleva a considerar que la escritura puede, con todo derecho, asumir un género: escritoras como Marguerite Duras, Clarice Lispector, Alejandra Pizarnik emparentan la escritura de la escritura misma pero con una variante singular: escriben que escriben desde el cuerpo con el que escriben. Tal vez a una persona sensata y sensible esto podría parecerle una tautología, una verdad de Perogrullo, pero no, la mayoría de los escritores varones que escriben sobre el acto de escribir lo hacen con la cabeza, con una racionalidad que muchas veces raya en lo abstracto, una cuasi metafísica y ontología de la escritura.
A esa otra saga para la cual la escritura se escribe desde el ser del cuerpo como una entidad suprasensible pero no menos inquietante y racional, pertenece Ellos dos de Patricia de Souza. Se trata de una literatura que declaradamente abomina de contar historias del mundo real o causal, que erige al yo y al cuerpo en que se asienta ese yo como principio estructurador de la vida y de la escritura misma. Escribe la protagonista:
“Todas esas frases que me hablan desde dentro, que hablan en mí mientras camino, las asumo como esa necesidad de ser un texto íntegro; que toda mi vida, mi cuerpo, sea un cuerpo escrito, solo reconocible en la escritura, y no sé si pueda, no sé si pueda desenrollar una vida como un texto larguísimo, desde el comienzo hasta el final” (p. 97).
En principio nos encontramos ante lo que, en términos argumentales, sería una “historia de desamor y de duelo” en la que la escritura de la protagonista y narradora, como proceso vital, se convierte en el instrumento idóneo para entender y desmadejar la telaraña neurótica que subyace a la separación de sus amantes y relaciones masculinas: O, Lies, Jacob, Eric, Jean, o su propio padre que la han llevado a asumir cartas de extranjería lo mismo en Francia, Inglaterra y España, que en su Perú natal.
Pero lejos de situarse en el horizonte de la víctima que es abandonada o rechazada, esta escritura nos enfrenta a una modalidad de mujer que siguiendo sus procesos creativos y personales se erige como una conciencia en conflicto que pone en jaque los modelos tradicionales de relación. Es ella, y no ellos, quien examina y problematiza los encuentros y desencuentros cotidianos; ella, quien antepone las barreras del aislamiento y la separación neurótica; ella, quien se aparta de los hombres de su vida y… los abandona. Ella quien toma la dirección del barco de la novela, ella quien, contraria a la dominación patriarcal, se atreve a asumir su propia voz. Cito: “Es como si las mujeres recibiéramos una educación para no es-tar vivas, sino siempre ausentes, y solo en tanto que espectadoras. No ha-blar en primera persona, no atreverse, es ser cómplice de ese silencio” (66).                                             
Y ese hablar en primera persona, racionalizándolo y   somatizándolo todo, es también una escritura que se tiende sobre el vacío como el único puente, el único asidero para explicar la existencia y darle sentido. Experiencias semejantes –la escritura como arma y tabla de salvación— son visibles en la obra de Lispector y Pizarnik. En ellas, como en Souza, se pone en evidencia el nodo de esta escritura vivencial: el ser de uno, de una, la protagonista, en batalla con el otro, asumido como una experiencia trascendental e imposible, pero a la vez irrenunciable: la lucha con el otro, el ángel por ensoñado, ese ángel que en su otredad, en su ser ajeno, es siempre atrayente y aterrador. No en balde el atinado epígrafe de Rilke que preside las páginas de Ellos dos: “Todo ángel es aterrador”.
Pero con todo, el deseo de comunión, de comunicación, persiste. Es un deseo en el que se anudan vida, escritura y cuerpo como una pulsión extrema y única que también confiere identidad y autoconocimiento. No sólo ante el sujeto amoroso, sino hacia el origen en la figura del padre y la nacionalidad misma –en este caso, peruana--, trasegada por la orfandad y las contradicciones y abusos de la dominación, el mestizaje e incluso la guerrilla. Así la autora, desde la marginalidad de un ser que detiene y contiene el pulso de la vida con el acto de la escritura, disecta y deconstruye mitos, modelos, ideologías en un rearmado fluctuante y azaroso que tiene mucho de revulsión y catarsis iluminadora.
Insistiré también en la importancia del cuerpo porque la novela misma lo hace. Por un lado, el cuerpo como punto cardinal, asidero, brújula en una navegación no por íntima menos racionalizadora del universo. Una navegación que entre sus altas mareas metafísicas o existenciales no se aparta de la dimensión material, física, erótica, carnal de su condición primera. Escribe Souza:

“… ¿qué se puede inventar para salir de sí misma? Un cuerpo es un cuerpo extendido sobre el espacio, sobre la cama, sobre la almohada, ese cuerpo suyo, que se pegó al mío mientras dormimos juntos por varios días, como si hubiese logrado entrar en una parte íntima de él, sin importar las diferencias que nos separaban y sin dejar de ser un extraño en mi vida. Había decidido acompañarlo porque no sabía muy bien adónde ir ni con quién, y en mi desorientación, su cuerpo, todo el, operaban en forma de brújula. Sí, en medio de un París de invierno, hostil y austero, él era mi única orientación. Pese a ese hecho, su cuerpo estaba tan vivo que me resultaba doloroso sentir que no me pertenecería completamente, que no podía desearlo y que estaba prisionero de algo inédito, una forma de huella desconocida.” (p. 26)

Pero si la escritura es una extensión pulsional del cuerpo, ¿cómo no suponer que la novela misma es un cuerpo alterno de quien lo escribe? Entonces nos enfrentamos a una novela fragmentaria y orgánica como la experiencia apátrida y desmembrada de la protagonista, una novela surcada de jirones de piel y de conciencia como los duelos y fulguraciones que la habitan, una novela que se enreda en laberintos neuróticos como la búsqueda vehemente de su conflicto original, una novela que surge a borbotones como la sal y la sangre de la boca de un náufrago que, sin embargo, se obstina en darnos cuenta de su gloria y de su perdición. No es gratuito entonces que las partes que la conforman sean “La pérdida” y “La afasia”, esa otra pérdida de la capacidad de hablar y comprender el lenguaje. Por eso, porque escritura y existencia son una unidad intrínseca, la autora escribe en un momento de lucidez mórbida de su proceso vital:
“Creo que en el fondo me he quedado vacía, sin texto, sin algo que decir, es como si cuerpo no tuviese esqueleto, sino una estructura blanda, incapaz de sostenerlo en pie. […] Tal vez si entendiese qué me sucede no escribiría, no tengo nada que contar, pero necesito con todas mis fuerzas decir algo para no perderme definitivamente, en el fondo para no perder la razón y padecer un caos total en mi lenguaje, no saber existir.” (p. 93)
Y es aquí, en este desarmarse del cuerpo como escritura, en este descubrir la vulnerabilidad propia frente al otro, que surge cardinal la luz neblinosa del deseo y con él, las aguas proteicas del reconocimiento como en estas líneas magistrales con que culmina ese proceso de desarticulación y navegación entre las sombras de las palabras: “No sé si conozco algo más de mí, no tengo la menor idea, tardaré en saberlo, y si nunca llego a entender qué sucede en mi relación con los hombres, tampoco importa. Fijo mi residencia en este terreno desconocido, en esta casa sin número, sin techo, desde donde puedo mirar libremente el cielo. Lo que importa es que siga en movimiento, la combustión de ese deseo, ese movimiento. De todas formas nunca renunciaré a mi deseo…” (p. 124).
Ellos dos, título ambiguo, polivalente, lúdico, sugestivo, es mucho más que una historia de duelo y desamor, es una tentativa de convertir la escritura en un cuerpo que se retrae a las violencias ideológicas imperantes para hacer oír una voz disidente: lúcida y personal, íntima y necesaria.

Ana Clavel: nació en la Ciudad de México en 1961. Premio Nacional de Cuento “Gilberto Owen” 1991. Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte del FONCA 2001-2007. Medalla de Plata 2004 de la Société Académique “Arts-Sciences-Lettres” de Francia. Finalista del Premio Internacional Alfaguara de Novela 1999 con Los deseos y su sombra (Alfaguara 2000, traducida al inglés con el título Desire and Its Shadow en el 2006). Página web: www.anaclavel.com


"Ellos dos: sobre la soberanía del deseo"

Yuri Herrera

Cuando quiero hablar de un libro que me gusta comienzo por decir de qué trata la historia, cómo enganchan las anécdotas al lector, qué hay en eso que le sucede a los personajes que me permite emocionarme hasta la última página. Para hablar de Ellos dos, la novela de Patricia de Souza, debo buscar una estrategia diferente, porque este es un libro que no se puede dejar una vez que uno lo ha comenzado, por otras razones: por su textura, por la musicalidad con que se desenvuelve, por el viaje interno que propone.
Aparentemente, Ellos dos es la historia de una separación, y de cómo la protagonista ve en los demás hombres de su vida las claves para entender qué sucedió con O, el amante de quien se ha separado. Sin embargo trata más bien de dos búsquedas: la búsqueda del otro, de lo masculino, y a través de ésta, la búsqueda que la protagonista hace de sí misma. La nómina de aquellos hombres incluye al primer marido de ella, a su abuelo a las puertas de la muerte, a su padre desaparecido, a sus amigos escritores, a un muchacho que trabaja en una hacienda, a un nuevo amante con el que se topa apenas se ha separado. En cada uno de ellos encuentra no una respuesta sino un ingrediente más del misterio de lo que significa su relación con los hombres. Aún cuando ella advierta la soberbia y aún la crueldad en algunos de ellos, invariablemente repara también en la ternura que los constituye: sus inseguridades, sus entusiasmos, la manera singular de cada uno de ser un compañero.

He mencionado que cada sujeto masculino es no una clave que resuelve la historia sino parte del misterio. Y es que en la protagonista, aunque hay una constante interrogación sobre sus afectos y sobre sus titubeos amorosos, no hay ansiedad por encontrar una verdad, una cifra que le permita definirse como algo definitivo, estable, cómodo. Ella, durante buena parte del relato y casi hasta el cierre, carece de nombre tal como el amante que ha dejado y que llama sólo O. Si no hay una historia lineal es porque lo que se quiere contar no es una anécdota con principio, desarrollo y final, sino un abanico de estados de ánimo, que proliferan página a página como un asedio sobre los deseos de ella.
Creo que el libro trabaja así: Después de que se nos ha contado que la protagonista se separó de O, la narración hace una delta deliciosa en la cual la voz narrativa va adquiriendo densidad con cada anécdota íntima que reconstruye. Anécdota íntima: no tanto los juegos amorosos sino las pequeñas revelaciones que le dan volumen a los juegos amorosos. El libro avanza obedeciendo no a una cronología lineal, sino a la de sus deseos y sus abandonos. La narradora sabe que el pasado se ha ido y que la literatura no es capaz de recuperarlo; esta certeza, en vez de provocar nostalgia, es un arma liberadora: gracias a ella es que la reconstrucción de su vida se convierte en un hecho gozoso, en la paciente tarea de articular una pátina sobre sus recuerdos. Así, dice: “Por mucho tiempo he renunciado a contar historias provistas de un argumento con causalidad y acciones convencionales. No bien empezaba a narrar, yo me aburría o sentía que me asfixiaba como si de pronto la máquina cerebral se detuviera. Nada me aburre más que contar una historia, nada me parece más aburrido que el mundo real o causal en todas sus acepciones. Sólo puedo escribir cuando siento que hay algo que va a aparecer en el camino, alguna dificultad concreta con el lenguaje que me dará ganas de continuar haciéndolo” (80).
La dificultad como argumento para la belleza. Creo que si hay alguna frase con la cual pudiera definir este libro sería esta. La dificultad de entender al otro, de lidiar con su propios dolores, de hablar de aquél que ha pasado a ser básicamente un signo vacío que no debe ser llenado a riesgo de cristalizarlo, la dificultad como un acicate para desplegar un lenguaje propio, amorosamente cuidado, de una claridad meridiana que hace tiempo no leía. Esa delta es el acontecimiento de este libro. No es casual que, cuando finalmente se nos habla de cómo inició la relación con O, de lo que lo hacía amable y lo que los separó, el personaje se retraiga rápidamente, pues a esas alturas ha quedado claro que este relato no es una diatriba ni un homenaje a un hombre, sino ese asedio de la protagonista sobre sus deseos.
Hace unas semanas escuché un programa de radio que recordé ahora con la lectura de Ellos dos. En él se hablaba de una pieza musical compuesta en 1964 por Terry Riley, que se ha convertido en un referente de la música clásica contemporánea y aún de la música electrónica. Se llama In C y es una pieza en la cual un número variado de músicos interpretan en diferentes tiempos 53 frases musicales, mientras que otro músico toca la nota Do en ocho notas repetidas. En ese programa presentaron tres versiones de la pieza, compuestas para una nueva grabación a la que se invitó a ocho músicos contemporáneos. En cada una, los compositores improvisaban sin dejar de respetar la fórmula matemática que servía como marco, y el resultado era de una belleza conmovedora; era posible advertir las similitudes en cada una, pero era claro que la nota repetida había sido dejada en un segundo plano, modesto, y que la individualidad de cada compositor pasaba al frente.
Algo similar sucede con Ellos dos. Es un libro seductor, pero no es la presencia de las anécdotas lo que seduce, ni las descripciones de los cuerpos masculinos, ni las peripecias que se suceden en un París esplendoroso; todos estos elementos, como la nota Do de aquella pieza, son apenas señales de la razón en una obra que, fragmento a fragmento, apuesta por la hermosura del misterio.

Patricia de Souza. Ellos dos. México: Jus, 2009.

Yuri Herrera:Yuri Herrera: Escritor mexicano, ganador del Premio Binacional de Novela Border of Words / Frontera de palabras (México - EEUU) por su novela Trabajos del reino.


ELLOS DOS de  PATRICIA de SOUZA


Patricia de Souza, Perú, 1964. Ha publicado varias novelas, entre ellas, El último cuerpo de Úrsula (Seix Barral), traducido al alemán; Electra en la ciudad (Alfaguara) y Stabat mater (Debate). Ha hecho un doctorado en Literatura francesa y comparada en La Sorbona de París y es una de las autoras latinoamericanas más importantes y controvertidas de su generación. Actualmente vive entre Perú, Francia y México.


RESEÑA "Ellos dos"
Cuando se termina una relación ¿es para siempre? Ellos dos (Editorial Jus, pp. 124) es la novela del duelo de la relación con O, y de otras relaciones, pero más que nada, de la pérdida de un hombre que es aquel que nunca conoceremos del todo, del que nunca sabremos, como decía Proust, si no es solo el producto de nuestra imaginación. La protagonista evoca ese pasado y lo hace rito, evocación obsesiva. No es solamente la búsqueda de O sino también la búsqueda de un origen. Esa búsqueda es también la de cualquiera de nosotros: Yo no sabía a dónde ir con mi relación con O, que parecía lejos de acabarse y avanzar delante de mí sin que pudiese alcanzarla. Y sin embargo desesperaba, latía dentro de la propia desesperación formando una misma y sola cosa. Esta novela discurre con un lento dramatismo digno de las mejores novelas contemporáneas.

"Ellos dos" de Patricia de Souza
Patricia de Souza lee un fragmento de su libro "Ellos dos" publicado en Editorial Jus, México, 2009.
http://www.wikio.es/video/2348247
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